"Hasta ahora la estética se ha usado como un goce en el campo visual; en cambio, en este proyecto de mi cuerpo tatuado la estética iría a otro campo; es la estética al servicio de una estructura social. Lo que más me interesa es el final, cómo uno puede seguir actuando más allá de la muerte. Me interesa que esta obra sea un motivador de la conciencia y un modificador, no solamente para los artistas, sino para la gente que pueda ver esto." Alfredo Portillos
Alfredo Portillos nació en 1928 en Buenos Aires, y ha vivido y trabajado en buena parte de la Argentina y del mundo. En sus andanzas dentro del país, por ejemplo, fundó y dirigió la Escuela Superior de Diseño y Técnica Artesanal de La Rioja. Sus experiencias nómades lo llevaron a extremos tales como haber vivido en una comunidad de aborígenes del Amazonas o haber compartido una estancia en Nueva York en casa de John Cage. En los primeros años cincuenta, una figuración plana, ingenua y colorida, en donde el entonces muy joven artista se larga a pintar velorios, entierros y funerales de provincia. A mediados de la década del cincuenta pasa a la abstracción y a fines de esa década realiza obras que salen de su marco en un intento por integrar de hecho el espacio a la obra. En los primeros sesenta se dedica al arte con luz, integrando fuentes lumínicas a la obra. De allí pasa al arte arquitectural, en base al rigor geométrico. También están exhibidos sus subibajas de los años setenta (“Arte de activación”), que a través de una propuesta lúdica pone en funcionamiento dispositivos simples, visuales y sonoros. En la obra de Portillos se registran los ecos de las sucesivas vanguardias y etapas históricas argentinas, desde la aparición del Madi y el arte concreto; la efervescencia cultural que se abre con el frondicismoy se cierra con el onganiato. Pasando por los años de Ver y Estimar y el Di Tella. El apogeo de la nueva figuración, los finales del informalismo, el surgimiento del pop, el hard edge, el minimalismo, el arte conceptual... En algún caso, el registro de esos ecos toman la forma de obras anticipatorias; en otros, se perciben como reflejo o transformación; en otros como crítica. La obra-vida de Portillos atraviesa todas estas etapas para desembocar en una concepción abierta e inclusiva. El objeto artístico deja de ser una meta (y deja, muchas veces, de ser un objeto) para transformarse en un espacio de circulación cuasi religioso, permeable a todas las culturas y experiencias: según se mire su obra será una especie de cambalache discepliano, o un aleph borgeano realizado por un artista que es cruza de chamán con viejo criollo.
En 1992 recibió el Konex de Platino, en la categoría Instalaciones. En 1993 fue nombrado “Artista del Año” por la Asociación Argentina de Críticos de Arte. En 1999 recibió el premio a su trayectoria del Fondo Nacional de las Artes. Participó en más de 600 muestras nacionales e internacionales, entre ellas la Primera Bienal Latinoamericana de San Pablo y las bienales paulistas XV y XXI; la IV y VI bienales de La Habana; la V Bienal de Valparaíso y la XLII Bienal de Venecia, entre otras. La inversión de sentido que propone al ir de la muerte a la vida, lo sitúa por fuera de la cultura occidental dominante. La idea es tomar otras concepciones, distantes en tiempo y espacio, para relacionar el corte (o continuidad) que separa (o une) vida y muerte. Con una producción en donde la muerte siempre estaba presente –de hecho, una de las obras que realizó junto a su hijo (que lo filmó) fue su propio funeral-, para Portillos el arte era iniciación.
Altar de Alfredo Portillos realizado en el proyecto "Día de los Muertos" en la Barraca Vorticista, 1 de noviembre de 2008
Alfredo recibe su premio "Clamor Brzeska" Edición 2008 en la Barraca Vorticista; Norberto José Martínez, Alfredo Portillos y FGD
Alfredo Portillos en su casa-taller del barrio La Boca; lo llamaban "el chamán"
|